Dólar Oficial
$1.515
Dólar Blue
$1.560
Dólar Tarjeta
$1.969,50
Euro
€1.748,80
Real
R$289,20
Azúcar Tucumán · 50kg
$27.215
Azúcar Int. · Londres N5
US$24,707
Azúcar Int. · EEUU N11
US$423,29
Bioetanol de caña ($/L)
1,061
Bioetanol de maíz ($/L)
973,24

El estado de situación de la niñez y adolescencia en Argentina revela una vulnerabilidad estructural que las políticas de transferencia directa no han logrado disolver, a pesar de su rol crítico en la contención de los sectores más extremos. Según el informe “La pobreza infantil en un período de vaivenes macroeconómicos y de política social (2018-2026)”, elaborado por las investigadoras Valentina González Sisto e Ianina Tuñón para el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA) —documento al que tuvo acceso Tendencia de Noticias—, la "infantilización de la pobreza" persiste como una constante donde ser niño en el país implica sistemáticamente un mayor riesgo de privación que ser adulto. Entre las conclusiones centrales, se destaca que si bien herramientas como la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la Tarjeta Alimentar (TA) frenan la caída hacia la indigencia, “la pobreza tiene otras caras: ropa, amigos y aprendizaje”, factores que permanecen fuera del alcance de millones de jóvenes pese al alivio monetario.

El estudio reconstruye la trayectoria de este flagelo en los últimos ocho años, marcados por una inestabilidad que llevó la pobreza infantil a un máximo histórico del 70,4% en 2024. Aunque hacia el primer trimestre de 2026 se registró una tendencia a la baja situándose en el 42,5%, las autoras son tajantes al señalar que esta mejora no se traduce en una salida real del esquema de exclusión. Al respecto, el documento sostiene que “ser NNyA (niño, niña o adolescente) pobre en estos años no fue una condición estática: mejoró y empeoró con cada vaivén macroeconómico. Las transferencias garantizaron un piso mínimo frente a la indigencia, pero en general no alcanzaron para algo tan básico como salir de la pobreza”.

Uno de los puntos analizados con mayor profundidad técnica es el efecto contrafáctico de las ayudas estatales. El informe de ODSA-UCA subraya que la red de protección social se tornó indispensable para evitar una catástrofe humanitaria en los hogares más frágiles. “Sin transferencias, hoy casi se duplicaría la indigencia infantil: pasaría de 9,5% a 16,4%”, advierte el texto, destacando que el binomio AUH-TA explica casi la totalidad del efecto protector, representando “alrededor del 97%-98% de la reducción de la indigencia”.

Sin embargo, esta capacidad protectora se ve limitada por la pérdida del poder adquisitivo. Las investigadoras detallan que la cobertura de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) mediante estas ayudas “cayó a mínimos de 12%-38% en el peor momento de 2024”, y aunque hubo una recuperación, en 2026 se mantiene lejos de sus picos históricos. Por ello, el análisis crítico resalta que “la AUH y la TA son un piso, pero no un techo”, dado que su impacto sobre la pobreza general es mucho más acotado al no alcanzar para cubrir la Canasta Básica Total (CBT).
El informe trasciende la medición monetaria para explorar dimensiones humanas del desarrollo que a menudo quedan invisibilizadas. Los datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA 2025) arrojan cifras alarmantes sobre la calidad de vida cotidiana:
Aprendizaje: “Cerca de 4 de cada 10 NNyA presentan dificultades para aprender en la escuela” (36,8%), problema que se agrava en la adolescencia alcanzando al 40,1% de los jóvenes de 13 a 17 años.
Vestimenta: Es la privación con mayor desigualdad social, ya que “casi 4 de cada 10 NNyA no pueden comprar ropa o calzado por motivos económicos”, cifra que se dispara al 58,3% en los estratos más bajos.
Socialización y Emociones: Casi el 30% tiene dificultades para hacer amigos y el 18,1% sufre “síntomas de tristeza o ansiedad que afectan su vida diaria o rendimiento escolar”.

En términos de análisis sociodemográfico, el riesgo de caer en la pobreza no es equitativo. El informe identifica perfiles estructurales donde la precariedad es casi ineludible. “La calidad del empleo de los adultos y la composición familiar actúan como factores estructurales”, explican González Sisto y Tuñón. En este sentido, los hogares con jefatura no ocupada o con empleo microinformal, las familias monomarentales y los residentes en la región del NEA presentan las tasas de indigencia más elevadas.

En sus conclusiones finales, el documento de la UCA enfatiza que la mejora reciente en los niveles de inflación y desocupación no garantizó que quienes siguen en la pobreza estén más cerca de abandonarla. “La mejora reciente de la pobreza no se tradujo en una reducción equivalente de su profundidad”, lo que significa que los hogares pobres siguen estando a una distancia similar de la Canasta Básica Total que en los momentos de mayor crisis. El panorama trazado por las autoras deja una advertencia clara para la política pública: mientras el empleo informal y la inestabilidad de precios sigan condicionando el ingreso familiar, las transferencias solo podrán administrar la escasez, pero no garantizar el desarrollo pleno de las infancias argentinas.